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Vigésima píldora. Léase dos veces si se es escritor y se tiene ansia de posteridad.

 

NECRO-LÓGICA

– ¿Está usted solo?

– ¿No lo está todo el mundo? (Diálogo entre Diane Ladd (Ida Sessions) y Jack Nicholson (Jake Gittes) en Chinatown).

Siempre he creído que reunirse alrededor de un féretro para hablar de un individuo que ya no puede oírnos no es más que otra de esas estupideces rituales que tanto nos gustan a los humanos. Será que el miedo a quedarnos solos no nos abandona ni cuando ya hemos muerto, quién sabe. A pesar de lo dicho, aquí me tienen, dispuesto a hablarles de la vida, y sobre todo de la obra, de uno de nuestros más destacados y al tiempo desconocidos escritores, Augusto Ponce, quien nos mira desde la tumba con el mismo aire entre distraído y despectivo con que lo miró todo en vida.

Augusto Ponce fue un escritor precoz. Contaba su madre, doña Consuelo Fernández, a quien nunca tuve el gusto de conocer, que antes de aprender a leer, Augusto solía embadurnar papeles con su propia mierda imitando los caracteres que veía en los periódicos, emulando lo que hizo siglos atrás el marqués de Sade y lo que han hecho otros muchos escritores (algunos aquí presentes) en sus libros desde la noche de los tiempos. Más tarde, ya adolescente, Augusto cultivó la poesía, ganando varios premios y publicando dos libros, Agonía silenciosa y Playas desiertas que, en palabras del propio autor, “son para cagarse en mis muertos”. Al cumplir   veinticinco años, Augusto abandonó la poesía y dedicó los siguientes años de su vida al estudio, convirtiéndose en un experto en musicología, historia, filosofía y cinematografía. Durante ese período únicamente publicó una documentada guía de clubs de alterne de Catalunya, pronto convertida en un auténtico superventas, en especial entre funcionarios y colectivos feministas, que quizá tuviera algo que ver en el fuerte aumento del turismo en ese país en el año siguiente a su publicación.  Convertido, más bien a su pesar, en una celebridad, nuestro autor pasó los siguientes meses de tertulia en tertulia antes de caer en una profunda crisis que le llevó a pedir matrimonio, en menos de un trimestre, a una abogada laboralista, una actriz porno, una agente literaria y una azafata de congresos. Una vez recuperado, Augusto se zambulló en la escritura de la que sería su primera, y para muchos mejor, novela, La coleccionista de cadáveres, historia de una veinteañera feísima, ninfómana y asesina, que fue masacrada por crítica y público y objeto de una olvidable adaptación cinematográfica protagonizada por una individua cuyo nombre no recuerdo y que había sido Miss España 2008.

En vista del fracaso de su novela, Augusto se dedicó al ensayo, pero la controversia le perseguía. Sus estudios sobre Normas para el parque humano y El desprecio de las masas, de Sloterdijk, le supusieron ser calificado de “neofascista” en El País y de “apólogo del anarquismo más violento” en el ABC. Tampoco su ensayo sobre la música en España desde 1970 hasta 2010, en el que decía que, con permiso del Camarón de La leyenda del tiempo, el mejor cantante de rock nacido al sur de los Pirineos es Enrique Morente, fue bien recibido: varios viejos y seminuevos rockeros le retiraron el saludo y un par de cantautores escribieron sendas canciones burlándose de nuestro homenajeado escritor;  una de ellas incluso llegó al número uno en las listas de éxitos al ser publicada en versión dance. A modo de venganza, publicó De la increíble similitud entre la acción de tocar la zambomba y la masturbación masculina, mezcla de estudio musicológico y ajuste de cuentas que se convirtió en un inesperado bestseller, consiguió que los cantautores volvieran a lo suyo y es, sin duda, su obra maestra. Sin embargo, lo peor estaba por llegar: su libro Más de mil películas, en el que enumeraba veinte filmes regulares o malos dirigidos por John Ford y decía que prefería ver La cruz de hierro que Ordet, provocó que uno de los tertulianos del programa de Garci quemara un ejemplar en antena y que Augusto tuviera que dejar de ir a la Filmoteca para no provocar incidentes entre el público.

Derrotado, Augusto Ponce sobrevivió, bastante bien por cierto, durante más de veinte años como guionista de diferentes concursos y programas infantiles de televisión y escribiendo letras de canciones para algunas conocidas folclóricas. El año pasado publicó tres novelas, escritas durante su último lustro de vida, que han ido recibiendo, en general, muy buenas críticas. Esta fue sin duda, junto a su adicción al Davidoff rubio y a los callos con garbanzos, la causa del infarto que le mandó al otro barrio.

     

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